François Kaserake Kamate denuncia la complicidad global y lucha por la República Democrática del Congo

François Kaserake Kamate, activista de derechos humanos y medioambientales en el este de la República Democrática del Congo, advierte que el silencio internacional amenaza con hacer desaparecer al Congo. Asegura que la riqueza mineral del país se ha convertido en una maldición que perpetúa la violencia, la corrupción y la explotación, mientras la comunidad global permanece pasiva.

“La gente debe comprender que los recursos que usan diariamente provienen de lugares donde otros están pagando un alto precio”, advierte François Kaserake Kamate, activista por el clima y los derechos humanos en la República Democrática del Congo (RDC).

En una entrevista exclusiva con Global Voices, Kamate afirma rotundamente que “si seguimos en silencio, el Congo desaparecerá pronto del mapa”. Durante más de trece años, ha luchado de manera pacífica y con gran riesgo personal para denunciar la injusticia y reclamar responsabilidad ante un conflicto olvidado por gran parte del mundo.

El Congo es uno de los países más ricos en recursos naturales a nivel global, pero paradójicamente su población figura entre las más pobres del planeta. Según Kamate, este contraste es la raíz misma del conflicto: “Nuestros recursos naturales se han convertido en una maldición”. Minerales indispensables para cadenas de suministro internacionales —que abastecen desde teléfonos móviles hasta vehículos eléctricos— alimentan la violencia armada en lugar de impulsar el desarrollo sostenible.

Este fenómeno, conocido como la «maldición de los recursos», se mantiene a través de un círculo vicioso de corrupción endémica, divisiones étnicas heredadas del colonialismo y la normalización de la violencia y explotación. Esto incluye la minería ilegal, las masacres y la represión estatal que azotan la región.

Activismo pacífico en medio de la militarización

En un entorno dominado por la violencia, el activismo no es una senda común ni sencilla en la RDC. Kamate explica que para muchos, los activistas son vistos como inútiles o errados. “Caminamos kilómetros con mensajes simples y la gente no entiende por qué intentamos resolver problemas que ellos consideran ajenos”, señala.

Mientras que muchos jóvenes de su generación se unieron a milicias para proteger sus tierras y familias ante las amenazas inmediatas de violencia, trabajo infantil y corrupción, él escogió el camino de la no violencia. Explica: “Yo viví la violencia, la guerra y las injusticias sociales; escogí la lucha pacífica porque creo en los cambios a través de estrategias pacíficas”.

Aún así, el activismo necesita lidiar con una dura realidad: las fuerzas de seguridad nacionales tratan las protestas pacíficas como amenazas. Kamate relata cómo sus compañeros han sido asesinados durante manifestaciones por exigir derechos y transparencia, lo que genera un clima de miedo generalizado en la población.

El activista ha sufrido detenencias reiteradas, ha tenido que desplazarse a Kinshasa y perdió su trabajo como educador debido a su compromiso.

Ignorancia, pobreza y corrupción: los pilares de la violencia

La intimidación y la represión forman parte de una táctica oficial para mantener el control. Kamate identifica tres pilares que sostienen a los políticos y el ciclo de violencia: ignorancia, pobreza y corrupción. “Quieren que la gente ignore sus derechos, sea demasiado pobre para pensar en grande y así sea más fácil corromperla”, explica.

Bajo estas condiciones, la supervivencia se entrelaza con la obediencia política. Muchas personas aceptan pagos para apoyar agendas, participar en protestas controladas o atacan el activismo por desesperación económica, reforzando un sistema dependiente e injusto. Este escenario interno se ve potenciado por actores externos interesados en la inestabilidad para beneficio propio.

La responsabilidad internacional y la desconexión con lo local

A pesar de la presencia prolongada de ONGs internacionales, el avance real es escaso. Si bien se documentan ampliamente los abusos cometidos por milicias y fuerzas estatales, el apoyo que reciben estas en intereses de multinacionales y países vecinos para explotar el mineral sigue sin abordarse en profundidad.

Kamate critica que muchos proyectos internacionales ignoran los valores, voces y necesidades locales, lo que dificulta el éxito y genera desconfianza. Señala un fenómeno de “salvacionismo blanco”, donde las soluciones externas opacan la agencia y el conocimiento de las propias comunidades.

Además, denuncia una condena superficial y performativa en redes sociales y medios, sin acciones concretas: “Condenan pero no detienen esta situación. No nos escuchan”.

Esta falta de coherencia permite que la explotación y la violencia se perpetúen dentro del sistema económico global, vinculando a consumidores internacionales con la realidad sangrienta del este congoleño.

La esperanza como forma de resistencia

Sumando responsabilidades políticas, empresariales y de mercado global, Kamate desafía la idea de la impotencia individual: “Todos tenemos un papel. Si sumamos esfuerzos, podremos lograr el cambio”.

Después de años de sufrimiento, la gente está cansada y muchos temen alzar la voz. Por ello, Kamate trabaja por reconstruir la solidaridad —especialmente con mujeres que han perdido a hijos y familias— con un mensaje de esperanza y resistencia pacífica.

En sus palabras: “Esto no es el fin. Aunque la situación empeora, debemos tener esperanza en que el mañana será mejor”.

Para él, el silencio ya no es opción. “Si callo, en veinte años Congo desaparecerá del mapa. Si no actúo ahora, ¿cuándo? Si no soy yo, ¿quién?”.

Kamate insiste en la urgencia de abrir espacios para que los jóvenes activistas expresen sus rostros, demandas y estrategias, porque no son solo el futuro, sino el presente activo de la sociedad.

Concluye con un claro mensaje de solidaridad internacional: “La gente en el este del Congo necesita urgentemente paz y justicia. Estamos hartos de sufrir situaciones que no causamos. Nuestro país ha sido explotado por intereses poderosos mientras el mundo calla. Es vital que la comunidad internacional apoye y entienda que los recursos que usan cotidianamente provienen de lugares donde otros pagan un precio muy alto. Estar con el Congo es negarse al silencio”.

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