Por Mariana Tamari
¿Quién controla las tecnologías de inteligencia artificial (IA)? ¿Para quién trabajan y qué realidades están borrando? Estas preguntas se vuelven urgentes al observar cómo la digitalización y la automatización penetran los territorios, alterando no solo el paisaje físico, sino también las formas de vida que en él habitan.
La discusión sobre una IA basada en derechos humanos suele quedarse en ámbitos abstractos: principios éticos universales, normativas o innovaciones tecnológicas en sí. Sin embargo, para comprender realmente su impacto, es imprescindible anclar el debate en realidades concretas donde la inteligencia artificial ya está siendo implementada como herramienta de control territorial.
Mi experiencia en investigación, desarrollada junto a Joana Varon en Coding Rights, para el Proyecto Tramas de la Coalición Feminista Decolonial por la Justicia Digital y Ambiental, reveló que esta cuestión deja de ser especulativa para convertirse en un desafío tangible. ¿Quién maneja estas herramientas? ¿A quién benefician? ¿Qué maneras de existir eliminan?
Al analizar el modelo predominante en la gran agroindustria, aparece un escenario que parece sacado de un guion distópico. Lejos del ideal romántico del campesino conectado con la tierra, los campos gestionados por gigantes industriales son miles de hectáreas casi deshabitadas, dominadas por monocultivos sin diversidad agrícola ni humana.
Esta agricultura digitalizada es masculina, patriarcal y mecanizada, una apuesta que reemplaza la sabiduría ancestral y el cuidado multidimensional de la tierra por máquinas imponentes que recuerdan naves espaciales o tanques. La simbiosis que sostiene este modelo involucra a las mayores corporaciones tecnológicas, megaempresas agroindustriales y cadenas financieras globales. Un trinomio poderoso al que llamamos Big Tech, Big Agro y Big Money.
La narrativa hegemónica y sus consecuencias
En ferias y eventos tecnológicos, el discurso dominante promueve la “agricultura de precisión” y la “digitalización del campo” como soluciones mágicas. Sensores dispersos por los territorios, vigilancia remota, gestión automatizada y complejos modelos predictivos basados en IA se venden como respuestas para los males propios de la monocultura: agotamiento del suelo, plagas causadas por la falta de diversidad y déficit de mano de obra.
Pero esta narrativa ignora el colapso climático inminente. La promesa ofrecida por la alianza Big Tech-Big Agro es un futuro de control total y abundancia garantizada desde la pantalla del móvil, con maquinarias que gestionan la tierra como si fuera un videojuego, despojado de la presencia humana y el conocimiento territorial acumulado durante siglos por comunidades tradicionales.
Esta desconexión se traduce en una mutación ontológica profunda: las relaciones laborales, comerciales, afectivas y con la naturaleza se digitalizan y transforman en un flujo ingente de datos tratados por algoritmos almacenados en una nube tecnológica oscura. Así, la diversidad biológica y cultural se reduce a un único modelo de negocio centrado en la maximización del monocultivo.
Las comunidades tradicionales quedan invisibilizadas, sus territorios y conflictos históricos ignorados por los sistemas digitales que solo reconocen mercancías. Esta invisibilidad programada vulnera derechos fundamentales y facilita la violación sistemática de los derechos de pueblos originarios y campesinos.
Impactos en la realidad: el caso de Matopiba
Las consecuencias son palpables en regiones rurales como Matopiba, una extensa área del Cerrado brasileño que abarca Maranhão, Tocantins, Piauí y Bahía. Esta zona, epicentro de la expansión agrícola, experimenta expulsiones violentas motivadas por las tecnologías de digitalización que, lejos de ser neutrales, legitiman la apropiación ilegal de tierras.
El ejemplo paradigmático es la comunidad tradicional de Gleba Tauá, en Tocantins. Familias que han habitado estas tierras durante casi un siglo ven sus hogares amenazados por herramientas de apropiación territorial digital formalizadas en el Catastro Ambiental Rural (CAR). Este sistema, aparentemente destinado a la regulación ambiental, institucionaliza en realidad la «grilagem digital» —la usurpación mediante registros digitales ilegítimos que permiten a grandes latifundistas presentar tierras públicas y colectivas como privadas.
Resulta así la creación de un Brasil ficticio, donde los registros algorítmicos generan activos financieros y logrando alrededor comunitaria y deforestación oculta. Además, la tecnología exhibe su uso violento: drones que sobrevuelan propiedades agroecológicas para rociar agrotóxicos a modo de ataque y sembrar miedo, forzando el desplazamiento de pequeños productores.
Hacia una IA que respete derechos y promueva la vida
Ante este panorama, resulta indispensable redefinir la integración tecnológica en el campo desde un enfoque que priorice los derechos humanos y la justicia socioambiental. El primer paso es dejar atrás la falacia de la neutralidad tecnológica y cuestionar quién controla las estructuras de poder que sustentan estos sistemas.
Una inteligencia artificial basada en derechos debe contar con transparencia y gobernanza descentralizada. No se pueden tolerar mecanismos que oculten procesos ilegales, propaguen miedo o faciliten la destrucción ambiental y social. Las infraestructuras públicas tecnológicas deben diseñarse para fomentar la participación colectiva, protegiendo la diversidad territorial y cultural frente a la homogeneización algorítmica.
Asimismo, es clave desmontar el tecno-solucionismo y reconocer que la defensa de la vida y la biodiversidad no vendrá de las grandes corporaciones. Son las tecnologías ancestrales, agroecológicas y regenerativas, el conocimiento en redes comunitarias y la sabiduría de pequeños agricultores las que garantizan verdaderamente la justicia socioambiental y la seguridad alimentaria.
Finalmente, en palabras de la escritora de ciencia ficción feminista Ursula K. Le Guin, la tecnología para la supervivencia debe ser un «recipiente portador» que reúna semillas, teja redes de cuidado mutuo y preserve conocimientos, y no un arma de dominación y violencia. Para que la IA no se convierta en verdugo de nuestro futuro, su desarrollo debe subordinarse irrenunciablemente a la justicia socioambiental y a la comprensión ancestral de que la tierra da, pero también exige.