El Norte de Kivu, una región situada en la parte oriental de la República Democrática del Congo (RDC), está experimentando un marcado impacto del cambio climático que ha obligado a sus agricultores a adaptar sus prácticas para garantizar su subsistencia.
Tradicionalmente, esta región se caracteriza por tener cuatro estaciones: dos estaciones lluviosas —de agosto a enero y de febrero a julio— y dos estaciones secas muy breves entre enero-febrero y julio-agosto, según el Análisis de Indicadores de Desarrollo (CAID). Sin embargo, los cambios en el patrón climático han acortado la duración de la temporada de lluvias, que ahora dura sólo siete meses, frente a los nueve meses anteriores, aumentando la vulnerabilidad de las cosechas.
Entre los principales desafíos que afrontan los agricultores están las sequías prolongadas, intensas lluvias torrenciales que provocan inundaciones y erosión, y eventos meteorológicos extremos como granizadas y tormentas severas en periodos que solían ser secos. Estos fenómenos no sólo destrozan los cultivos, sino que también favorecen la aparición de enfermedades criptogámicas como el mildiu, debilitando aún más la productividad agrícola.
Datos recogidos por la revista científica Geo-Eco-Trop y organismos locales muestran que aunque la precipitación anual total se mantiene cerca de los 1.500 mm, la intensidad diaria de la lluvia ha aumentado ligeramente —0,1 mm por día— y, en consecuencia, los días con más de 10 mm de lluvia han aumentado en cerca de tres por año, contribuyendo a la erosión y problemas de inundación.
Según expertos como Mulondi Gloire, ingeniero agrícola y especialista en planificación del uso de la tierra, la agricultura en Norte de Kivu es mayoritariamente familiar y de pequeña escala, dependiendo en su totalidad del ciclo de lluvias. La ausencia o escasez de sistemas de riego —debido a limitaciones técnicas, económicas y a la orografía accidentada— hace que los cultivos estén a merced del clima.
El profesor Charles Valimunzigha, director del Centro de Investigación Agronómica y Veterinaria en Graben (CERAVEG), subraya la paradoja de la región: “No falta agua, ya que ríos, arroyos y aguas subterráneas son abundantes, pero nuestra incapacidad para captar y gestionarla es el verdadero problema”.
Investigaciones realizadas por asociaciones locales como ENRA Beni, el Instituto Técnico Agrícola y Veterinario de Butembo (ITAV Butembo) y el Instituto Nacional de Investigación Agronómica (INERA Yangambi) confirman que la frecuencia de lluvias ha cambiado, con más episodios intensos y extremos, lo que perjudica las siembras tradicionales que utilizan semillas antiguas y poco productivas.
Para hacer frente a estas dificultades, agricultores, ONG, centros de investigación y autoridades están impulsando el desarrollo de variedades de cultivos resistentes al clima, especialmente maíz mejorado, que pueda soportar las nuevas condiciones meteorológicas.
Además de la inseguridad climática, estos agricultores deben superar la limitación tecnológica. Héritier Mbusa, investigador agrícola, considera que la solución pasa por planificar, irrigar y diversificar la producción, evolucionando desde una agricultura de subsistencia hacia un modelo que se anticipe y se adapte a los cambios climáticos mediante la tecnología, la reforestación y el uso de variedades resistentes.
El experto en gestión de desastres naturales Sahani Walere advierte que la actual agricultura local ha alcanzado un punto crítico y que no puede ser sostenible sin mecanismos claros para adaptarse al cambio climático. Propone crear una red regional de estaciones meteorológicas para diseñar un calendario agrícola fiable.
Los datos científicos indican también un aumento de la temperatura media en la región de 1,8 grados Celsius en los últimos 50 años, agravando las alteraciones en las temporadas cortas de lluvias. Frente a este panorama, Walere alerta que si continúan las emisiones de gases de efecto invernadero, incluso la pequeña agricultura, base de la economía local, corre el riesgo de desaparecer.
Por ello, invita a que las políticas agrícolas incorporen datos climáticos para proteger la producción y evitar la crisis alimentaria.
Gloire Mulondi, coordinador principal, aboga por una transición hacia sistemas agrícolas basados en la agroforestería y la agroecología, prácticas que fomentan la resiliencia ante el clima. Destaca la importancia de mantener la fertilidad del suelo, disminuir las emisiones derivadas de la deforestación y las quemas agrícolas, y aprovechar las herramientas tecnológicas como imágenes satelitales y sistemas digitales de cartografía del suelo para optimizar la gestión agrícola.
La agroecología, según explica, se fundamenta en el equilibrio entre plantas, suelo y medio ambiente, minimizando el uso de químicos y promoviendo la biodiversidad para fortalecer los ecosistemas agrícolas.
En definitiva, la adaptación a las nuevas realidades climáticas implica un esfuerzo conjunto entre agricultores, científicos y autoridades para cambiar prácticas ancestrales por modelos innovadores que aseguren la seguridad alimentaria de Norte de Kivu en un contexto de creciente volatilidad climática.