La trampa de la deuda verde: cómo la transición eléctrica en Indonesia agrava la explotación de conductores de plataformas

La transición verde en Indonesia, lejos de liberar a los trabajadores, los sumerge en un régimen de deuda que perpetúa la precariedad laboral y profundiza las desigualdades, vinculando la crisis climática con la explotación económica de miles de conductores de motos eléctricas y comunidades mineras.

En Maharashtra, India, un agricultor algodonero se suicidó tras años sumido en deudas y fracasos agrícolas, un drama que no resulta excepcional en el país, donde en 2022 se registraron 11.290 suicidios entre agricultores y jornaleros rurales, casi uno por hora, con la deuda como causa principal. Similar explotación emerge en Indonesia, donde aldeas son despojadas para instalar fundiciones de níquel que alimentan las baterías del auge global del vehículo eléctrico. Aunque los trabajadores industriales de Morowali reciben salarios superiores a los de la agricultura, enfrentan peligros mortales como explosiones y enfermedades respiratorias. Mientras tanto, en las calles de Yakarta, Yogyakarta y Surabaya, miles de conductores de motos eléctricas trabajan jornadas maratonianas que oscilan entre 12 y 16 horas para cubrir préstamos y alquileres que ellos no eligieron.

Estas realidades forman parte de un único proceso global: la reorganización desigual y extractiva del trabajo bajo la bandera de la transición ecológica. Basado en entrevistas y campo con conductores de vehículos eléctricos (VE) en Indonesia, este estudio señala la emergencia de un régimen que denominamos como “esclavitud por deuda verde”. En él, la alianza entre la gobernanza de plataformas digitales, el crédito financiero y la transición ecológica no libera a los trabajadores, sino que los ata a una perpetua situación de precariedad laboral sin ofrecer los beneficios prometidos para el clima.

Tradicionalmente, la esclavitud por deuda se asociaba a formas de coerción propias de sistemas precapitalistas o en sus albores, como los trabajadores ligados a plantaciones o la servidumbre doméstica traficada. Su aparición ahora en la alta tecnología algorítmica y en la infraestructura «verde» del capitalismo moderno es preocupante, pues indica que no hemos superado la coerción laboral, sino que esta se ha transformado, volviéndose difusa y sistémicamente integrada. La deuda verde establece una trampa donde el trabajador no solo está sujeto por créditos y alquileres vinculados a la plataforma, sino que también se ve obligado a permanecer en trabajos precarios ante la falta de alternativas laborales dignas.

En esta lógica, el endeudamiento no opera aislado sino que interactúa con limitaciones estructurales del mercado de trabajo que impiden la salida de esta precariedad. La deuda obliga a los conductores a trabajar más horas y aceptar condiciones cada vez peores para simplemente cubrir las obligaciones financieras impuestas, reconfigurando así la explotación bajo el pretexto de una transición ecológica necesaria.

Una geografía extractiva detrás de la promesa verde

La transición verde del transporte en Indonesia se apoya en una cadena extractiva de gran alcance. En 2023, Indonesia aportó más de la mitad del níquel mundial, un mineral clave para las baterías que utilizan gigantes como CATL, LG o Tesla. Este crecimiento industrial ha devastado comunidades rurales y pesqueras al convertirlas en parques industriales con altos niveles de contaminación y riesgos laborales graves. La investigación de Global Witness y reportajes destacados han documentado despojo de tierras, contaminación del agua y frecuentes accidentes mortales – todo para alimentar una cadena de suministro ambientalmente “limpia” que en realidad se cimenta en el sacrificio económico y humano de estas comunidades.

En la parte urbana, plataformas como Gojek y Grab han prometido flotas completamente eléctricas para 2030. Pero, dado que los conductores son considerados “socios” y no empleados, el coste de la electrificación no recae en las empresas, sino en los propios trabajadores a través de alquileres diarios de vehículos, pagos por cambio de baterías y costes crecientes de datos móviles. Este esquema perpetúa un modelo económico basado en mano de obra barata y externalización de riesgos personales, ahora con un disfraz de sostenibilidad.

De este modo, mientras las comunidades rurales pierden tierra y salud para extraer níquel, los conductores urbanos enfrentan degradación física, financiera y laboral, bajo la narrativa de aportar a un proyecto global común en la lucha climática.

La función disciplinaria de la deuda en el régimen laboral

Comprender por qué esta configuración es tan coercitiva exige analizar el papel de la deuda dentro del régimen laboral contemporáneo. Un régimen laboral recoge las instituciones, normas y relaciones de poder que regulan el reclutamiento, disciplina y reproducción del trabajo. A diferencia de regímenes centrales como la fábrica o la cadena global de valor, las plataformas ejercen control algorítmico sobre trabajadores fragmentados, pero añaden un componente financiero que ata al trabajador a condiciones aparentemente voluntarias pero efectivamente inescapables.

La deuda limita el flujo de caja necesario para vivir, haciendo inviable cualquier mes de bajada de ingresos y obligando a cumplir jornadas extenuantes. Esta vinculación con el futuro a través del endeudamiento, la individualización de la responsabilidad ante el acreedor y la integración vertical que une tarifas, créditos y salarios en un solo circuito financiero consolidan el control sobre el trabajador. Así, aunque un conductor pueda técnicamente desconectar la app, la presión material le obliga a seguir trabajando desesperadamente para evitar caer en mora o perder su medio de vida.

Las plataformas han incorporado préstamos directamente en sus ecosistemas, como GrabModal Narik o GoPay Pinjam, supuestamente para ayudar a los conductores en apuros. Pero esta intervención no soluciona la inseguridad estructural, sino que profundiza la dependencia financiera, usando datos de desempeño y movimientos económicos para ajustar límites de crédito y afianzar la deuda como condición constante para participar.

La transición ecológica como amplificadora de la deuda

En un contexto marcado por ingresos inestables y escasa capacidad de ahorro, el paso obligado hacia motos eléctricas afecta directamente a la capacidad de los conductores para mantener su herramienta de trabajo. Cuando su vehículo ya no cumple con los requisitos de edad o estado, deben asumir deuda para renovar o entrar en esquemas de alquiler con cuotas diarias y tarifas por batería que reducen sustancialmente el ingreso neto, que llega solo a un tercio del salario mínimo. En consecuencia, la electrificación no despeja la precariedad, sino que la redefine y perpetúa mediante pagos continuos y obligaciones financieras acumuladas.

Un estudio realizado entre enero y marzo de 2024 con 152 conductores de VE muestra que quienes contraen créditos adicionales trabajan jornadas significativamente más largas (14 horas frente a 12), dando cuenta de cómo el endeudamiento condiciona el tiempo y la intensidad del trabajo, reforzando un ciclo de explotación indesligable de las finanzas.

Este modelo combina la realidad irrefutable de la crisis climática – como la contaminación urbana crítica en ciudades indonesias – con una organización empresarial enfocada en el lucro privado. La suma de estas lógicas genera una transición que absorbe esfuerzos humanos y comunitarios, mientras las cuentas corporativas lucen impecablemente verdes.

Resonancias y aprendizajes de regímenes de deuda anteriores

El drama del suicidio de agricultores en India, con raíces en la liberalización económica, promoción agresiva de insumos caros y el abandono del crédito público en favor de prestamistas privados, guarda paralelismos con la situación de los conductores indonesios. Aunque los actores y tecnologías difieran, ambos enfrentan redes de deuda que imponen la continuidad en trabajos precarios pese a riesgos físicos, económicos y psicológicos.

LeBaron, Mezzadri y Bhattacharya han mostrado que la aparente libertad del trabajador asalariado moderno convive con formas modernas de coercción basadas en deuda y dependencia. En Indonesia, la presión algorítmica se superpone a una estructura de alquiler-deuda que convierte el trabajo en una carga constante bajo la promesa verde.

Hacia una transición justa y libre de ataduras

La electrificación del transporte es una medida imprescindible frente al cambio climático, pero la cuestión crucial es quién asume el coste, toma decisiones y se beneficia. La actual configuración amenaza con reproducir y profundizar desigualdades preexistentes, colocando a los conductores en una celda de precariedad maquillada con imágenes de progreso ambiental.

Una verdadera transición debe abordar las cadenas interconectadas de extracción, trabajo y capital que afectan desde las comunidades productoras hasta los trabajadores urbanos, evitando trasladar los costos a los sectores con menos capacidad de resistencia. De lo contrario, lo que se vende como progreso climático será sólo una fachada que oculta un desvío de daños sociales y laborales.

Mientras persistan estas estructuras, la electrificación del transporte en plataformas digitales seguirá funcionando dentro de un régimen de «esclavitud por deuda verde», un problema tanto ambiental como político y social que exige respuestas urgentes desde los movimientos laborales globales, especialmente en el Sur Global.

Arif Novianto es profesor en el Departamento de Administración Pública de la Facultad de Ciencias Sociales y Políticas de la Universitas Tidar en Magelang. Autor de Cheap Labour Regime in Platform Capitalism (Springer, 2025) y editor próximo de The AI Regime of Work (Springer, 2027).

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