España se posiciona como el principal taller europeo de coches eléctricos, atrayendo a grandes fabricantes gracias a su competitividad laboral y un creciente uso de energías renovables. Sin embargo, el despliegue industrial avanza a mayor ritmo que la demanda interna, limitada por los elevados precios de entrada y la lenta expansión de la infraestructura de carga.
Un factor determinante en la sostenibilidad de la venta de vehículos, especialmente de ocasión, ha sido el acceso al crédito, que tradicionalmente ha aportado hasta un 80% del margen «extra» en las operaciones. La actual restricción en la financiación, junto a una regulación más estricta, amenaza con erosionar este pilar clave y obliga a los concesionarios a replantear su modelo de negocio, trasladando costes al precio final o incrementando el margen del vehículo.
En este contexto complejo, el sector busca consolidar la confianza del consumidor mediante la certificación rigurosa y la digitalización de procesos, como destaca Carlos Rivera, quien ha impulsado la industrialización del vehículo usado para minimizar riesgos y generar mayor certidumbre en las transacciones. La certificación exhaustiva de mecánica, carrocería y pruebas dinámicas emerge como un valor competitivo esencial.
Al mismo tiempo, la entrada de aproximadamente 50 nuevas marcas y el crecimiento de la red de concesionarios generan una presión significativa en un mercado limitado a unos 1,1-1,2 millones de ventas anuales. Esta saturación impulsa ya acuerdos de exclusividad territorial y la multienseña, anticipando una fuerte ola de consolidaciones y fusiones que reducirán el peso de los pequeños concesionarios tradicionales.
Más allá de las fronteras españolas, la amenaza tecnológica y estratégica proviene del acelerado desarrollo chino. Fabricantes como BYD, Xpeng y GAC lanzan vehículos eléctricos con autonomías que superan ampliamente las expectativas europeas y con ciclos de producción mucho más ágiles. El dominio chino en la cadena de valor, especialmente en las baterías, fuerza a Europa a depender de proveedores extranjeros, lo que encarece aún más los coches eléctricos producidos aquí.
Frente a esta realidad, la industria europea debe enfrentar el desafío de una estrategia común y coherente que permita competir sin renunciar a su autonomía tecnológica. La falta de planificación clara y los constantes cambios regulatorios añaden presión a un mercado ya fragmentado y en plena transformación.
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